
Vida Marina
Avistamiento de cetaceos en el Golfo de Vizcaya (08-08-2005)
(Diario Vasco) La gente piensa que para ver delfines y ballenas hay que ir al Caribe. Sólo en el Golfo de Vizcaya hay 24 especies censadas», dice la bióloga Isable Guzmán. Son las ocho de la mañana. Estamos en el puerto de Getaria. A bordo del barco Tilaine, Isabel espera la llegada de cuatro personas. Son los componentes del grupo que va a embarcar para avistar cetáceos con Zarpar, la empresa que dirige la bióloga donostiarra y que desde abril organiza salidas en velero para ver la fauna marina del Golfo de Vizcaya u observar la costa vasca desde el mar. ¿El destino? La Fosa de Cabretón, con una profundidad de 2.000 metros.
El grupo llega puntual. Visten ropa ligera: camiseta, sudadera, pantalón corto y debajo el traje de baño, lo que se recomienda para ir en barco en esta época del año. Isabel les saluda y les hace la advertencia que sugiere en cada viaje: «Si no habéis tomado una biodramina media hora antes, os vais a marear. Aunque la mayoría a los que les pasa, a las dos horas están bien». Suben al barco y dejan sus mochilas en el camarote. Todo está listo. Ion Arrazala, el capitán del Tilaine, pone rumbo a alta mar. El viaje se paga una vez embarcados. Son noventa euros por persona. Ése es el precio por un día para un adulto, bien sea para ver cetáceos o para observar la costa. En el caso de los niños, hasta los dieciseis años, serían diez euros menos. Y si el viaje dura el fin de semana les cuesta 250 euros a cada uno. El barco pone rumbo al noroeste. Un moderno sistema de GPS controlado por ordenador indica a Ion Arrazala la situación en la que se encuentra la embarcación y lo que le queda por recorrer hasta el lugar deseado. Todo está bajo control. Y nada, salvo un viento de fuerza cuatro «que indicaría temporal malo y el barco se movería mucho», detendrá la experiencia. Primeras impresiones A la media hora, Isabel Guzmán sale del camarote cargada de trípticos y un mapa de la costa vasca enrollado bajo el brazo. «Estos son los cetáceos que podremos ver hoy. Los más comunes son estos tres tipos de delfines: el común, con su típica raya amarilla, el listado, que da acrobáticos saltos, y el mular, la especie de Pakito y Flipper. Esos los veremos casi con seguridad. Si tenemos suerte, quizá avistemos un cifio común, algún calderón o rorcual». Las caras de Olatz e Ilazki, dos miembros del grupo, se iluminan. Isabel termina su exposición de la fauna marina más frecuente en aguas del Golfo de Vizcaya. Entre las que están las orcas de nueve metros, cachalotes de cabeza cuadrada de 18 metros, e incluso rorcuales comunes de 23, aunque, como matiza Isabel, «esos sólo los hemos visto en alguna ocasión». Después despliega un mapa. El de las profundiades, que demuestra que «el mar no tiene el mismo fondo siempre, como creen muchos». Caras de asombro y primer aluvión de preguntas típicas de cada viaje. «¿Cuánta profundidad hay allí?», «¿Cómo vamos a ver a los animales?», «¿Por qué no se quedan dentro del agua?». Isabel responde. «Aunque estén en el agua, son mamíferos. Respiran como tú y como yo, por lo que tienen que subir a la superficie a coger aire para sumergirse. Por eso es increíble que lleguen hasta tanta profundidad». Colgadas de unos prismáticos. Así pasan casi toda la mañana Olatz e Ilazki. Miran al horizonte junto a Isabel Guzmán en busca de ese delfín, de ese calderón que les alegre la jornada. «Hasta que no lleguemos a la Fosa de Capbreton, será complicado ver algo». Y tardan algo más de cinco horas en alcanzarla. Mientras tanto, escuchan las explicaciones de la bióloga sobre la situación de la anchoa, se entretienen con algún que otro «pájaro de mar» y disfrutan del aperitivo que Ion e Isabel ofrecen cuando la salida es de un día. Luego, cada uno saca su comida. Tan sólo en los viajes de más de un día, Zarpar cocina para el grupo. «Diez metros a babor» «¿Isabel, al fondo. A la derecha de aquel barco. Hay algo que se mueve!», grita Ilazki. La bióloga sale rápidamente del camarote y coge sus prismáticos. «Ion, pon rumbo diez metros a babor, acabamos de ver un grupo de delfines», grita. «Parece que esto se calienta», dice el capitán mientras gira el timón. Son las dos de la tarde, el Tilaine ha llegado a la Fosa de Capbreton. Lo que se ve es un grupo mixto de delfines listado y comunes. Unos diez o doce cetáceos de dos metros aproximadamente que nadan con inusitada destreza, realizan piruetas imposibles y emiten un sonido que, allí, en medio de la nada, parece música marina. «Ahora se comunican entre ellos. Por ejemplo, las orcas, una sociedad matriarcal, hablan mucho. Entre ellas usan un tipo de sonido y para hablar con otros grupos usan otros ruiditos», explica Isabel mientras saca fotografías desde la proa del velero. Olatz les sigue con sus prismáticos e Ilazki lo graba todo con una cámara de vídeo. Cifio a las diez El barco sigue discretamente a los delfines durante una hora, hasta que observan el rastro del último ejemplar, algo que hacen en cada salida para que los tripulantes vean su comportamiento. Nunca se aproximan a más de cien metros. «A partir de esa distancia son ellos los que deciden si acercarse», dice Isabel. Ha habido suerte. Un par de delfines pasan al lado del velero. «Curiosean. Al ver que no somos de ellos, se van», dice Ion. Isabel escribe los datos del avistamiento. Ya son las cuatro. El barco abandona la Fosa de Capbreton, pero Olatz e Ilazki no se separan de sus prismáticos. Hace sol y mucho calor, así que todos se ponen protección solar. Apetece un chapuzón en mar abierto, pero nadie se baña. «Si el grupo lo pide, paramos el barco», asegura Isabel. «¿Un cifio enorme. Es grandísimo, allí, a las diez!». El silencio en el que transcurría la vuelta sólo se interrumpe por ese avistamiento. Todos buscan al cetáceo con bruscos giros de cabeza. «¿A las diez?», pregunta Olatz. Es curiosa esa forma de indicar el lugar en alta mar, porque no hay ninguna otra referencia. El cifio ya no está. «Se ha sumergido. Estos animales de color marrón, a los que les llaman ballena picuda, suben un rato, se sumergen 25 minutos y luego salen al mismo lugar. Eso pasa con los cifios de Canarias», explica Isabel. El Tilaine da vueltas sobre sí mismo durante media hora. «Parece que aquí están más tiempo bajo el agua, todavía no lo tenemos registrado», dice Isabel. «Ponemos rumbo a casa», aconseja Ion. El grupo entero ve con tristeza cómo el velero se aleja del lugar. «El año que viene tendremos más controlados a este grupo de cifios», dice Guzmán, que forma parte de la Sociedad para el Estudio y la Conservación de la Fauna Marina Ambar. «Colaborararemos con otra empresa para marcarlos, saber su número y su comportamiento. Estaremos diez días en julio y diez en agosto». Quedan pocas millas para llegar. «¿Qué bonita es la costa desde aquí!», exclama el grupo. «Si costeais el Golfo de Vizcaya, lo veis y os explico curiosidades». Son las nueve de la noche, el velero arriba en Getaria. La salida ha terminado. Bajan cansados.
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