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16/02/2004

Náufragos para siempre

(SUR) Sus barcos guardan en las entrañas la tragedia del naufragio. Son las historias de cuatro malagueños que han vivido para contarlo
HAN guardado sus recuerdos en un cajón y han tirado la llave al mar. Las escenas del naufragio se refugian en su cuaderno de bitácora, como un capítulo amargo del que nunca pudieron pasar página. Tienen el salitre calado hasta los huesos, pero a algunos ya no les gusta acercarse al rebalaje de las olas. Miran de reojo las aguas mansas, aún temerosos, porque conocen su furia. Y siguen adelante con sus vidas. Con toda la mar detrás. Éstas son las historias de Francisco, Rafael, Antonio y Fernando, cuatro náufragos malagueños que han vivido para contarlo.



RAFAEL GUERRERO PERDIGUERO

Tripulante del 'Anita Mari García'

«No pudimos hacer nada por salvarlos»



El pesquero estaba anclado al fondo con las redes de arrastre caladas. Viento fresco de tierra. A lo lejos, el 'Toralín', un mercante asturiano, navegaba hacia su costado de barlovento. Rumbo sur, frente a las costas de Torremolinos. Cuando Rafael asomó la cabeza del cuarto de máquinas, el buque estaba demasiado cerca, prácticamente encima. Los hombres empezaron a agitar los brazos. Gritaban, desesperados. Pero ya era tarde. El buque asturiano partió por la mitad al 'Anita Mari García' el 12 de diciembre de 1966, poco después de las cinco de la tarde. Con sus nueve tripulantes dentro. «Yo eché a correr hacia proa cuando vi que nos embestía. Conseguí pasar al otro lado, pero a un compañero que venía detrás lo cogió de lleno», recuerda.

La mar se abrió para absorber el barco, desgajado por el centro. El remolino se tragó a los marineros, pero los escupió poco después y pudieron ganar la superficie. Faltaban dos de los nueve hombres. Por orden del patrón, José Miguel, un joven pescador de Benajarafe, se colocó en la proa y aprovechó el impacto para saltar al mercante. El otro murió en el acto. Al sacar la cabeza del agua, Rafael sintió un fuerte tirón de la pierna. El mercante llevaba calado un curricán con varios anzuelos para pescar atunes y enganchó al marinero. «Me llevó arrastrando varios metros. Intenté zafarme y me clavé otro anzuelo en una mano», relata el pescador veleño. «Al final -prosigue- conseguí cortar el hilo con la boca».

Los hombres nadaron hasta la balsa salvavidas, que no llegó a abrirse. «El agua estaba helada y hacía mucho frío. Las fuerzas empezaban a fallarnos y no podíamos hacer nada para salvar a los demás...». Dos hombres se hundieron delante de él, lentamente, ante la impotente mirada de sus compañeros. «Yo creía que también me iba abajo; aún tenía el anzuelo clavado en la mano. Me estuve acordando todo el tiempo del bocadillo que me comí minutos antes en la sala de máquinas, que me dio fuerzas para resistir».

A las dos horas, el 'Toralín' vino a rescatarlos. José Miguel, el de Benajarafe, avisó a los tripulantes del mercante, que ni siquiera se dieron cuenta de que habían echado a pique el 'Anita Mari García'. Los supervivientes, asidos a las cuerdas de la balsa, estaban al borde la hipotermia. En el accidente, la hélice del buque le causó varios cortes en el cuerpo a un marinero. Rafael también había perdido sangre y estaba exhausto por el esfuerzo. Ambos aguantaron a flote.

Al llegar a puerto, ya de noche, los vecinos esperaban en el muelle para comprobar el saldo de la tragedia del 'Anita Mari García'. Los marineros salieron uno a uno del mercante. El mar se quedó con tres de ellos. Rafael aún tenía el anzuelo clavado en la mano. El salitre había agudizado el dolor. Después empezó a sentir un rumor en sus entrañas que, casi 40 años después, no ha remitido. «Todavía me acuerdo de los que murieron, sus caras... Éramos muy amigos, casi hermanos», cuenta el náufrago.

Rafael dejó la mar durante dos años y se fue a trabajar a la fábrica de Larios, pero el sueldo no daba para alimentar ocho bocas. «Había que ir, pasa igual que con los toreros. Después, cada vez que el mal tiempo nos pillaba faenando, se me venía aquello a la cabeza. Me he visto ahogado muchas veces». Ahora, a sus 66 años, ya jubilado, este marinero no quiere acercarse ni a la orilla. A Rafael ya no le gusta el mar.

FRANCISCO GUERRERO

Patrón del 'Anita Mari García'

«Tienes que poner todo de tu parte para no irte al fondo»

A 86 brazas de agua (unos 1.120 metros), en el fondo del Mediterráneo, está varado su barco. Francisco Guerrero, patrón del 'Anita Mari García', no pudo hacer nada para evitar la tragedia. «Estábamos pescando al camarón, la gamba y la pijota. Llevábamos todo el arte calado por la popa, de manera que no podíamos esquivarlo». Curiosamente, el pesquero era conocido en Torredelmar como el 'Cambio de rumbo', el nombre anterior de la embarcación. Esta vez no hubo viraje posible. «El 'Toralín' venía de fuera y no vio la seña fueca (la señal que indica que el barco va arrastrando) porque llevaban puesto el piloto automático», dice.

Francisco gobernaba el pesquero desde el puente de mando cuando se produjo el impacto. «El barco no duró nada encima del agua; se lo tragó el mar muy rápido», cuenta el patrón. «Salí corriendo a la cubierta y avisé al personal de que se tirasen al agua. A mi hermano -Rafael- se lo llevó el mercante enganchado, como un pescaíto. Los minutos pasaron como horas», rememora.

El mar se iba oscureciendo a medida que caía la tarde. Tres hombres ya se habían ahogado, y el resto aguantaba a flote como podía. «Me tuve que quitar las botas de agua para no hundirme, porque pesaban mucho». Desesperado, uno de los marineros, Rafael para más señas (Francisco ya no recuerda su apellido), comenzó a bucear para intentar rescatar a algún marinero. Todo fue en vano. «El mar se puso muy oscuro y empecé a sentir miedo, pero en esos momentos tienes que poner todo de tu parte para no irte al fondo. Si no, estás perdido».

A Francisco le quedaron otros 20 años y muchos temporales tras el mascarón de proa. «Me he visto apurado algunas veces más y siempre se me venía a la cabeza ese día, pero es mi oficio». En todo este tiempo se ha encontrado algunas veces con José Miguel, que ya no se dedica a la pesca. No han vuelto a hablar de aquello. El capitán tiene difícil consuelo. En su cuaderno de bitácora están grabados a fuego los nombres de los que se fueron. Sus marineros.

GUILLERMO SOLER RAMOS

Marinero del 'Rosalía'

«Cayó al mar y aún lo estamos esperando»



El capitán se quedó solo al mando de la vigía de noche. Al pescador que hacía la guardia, no se sabe por qué motivo, lo mandó al camarote. El 'Rosalía' iba rumbo a Cádiz para pescar camarón. En su litera, Guillermo no conseguía conciliar el sueño, como si estuviera barruntando una desgracia. No se fiaba del capitán. «Recuerdo cuando el barco embarrancó en las escolleras; escuché un ruido muy fuerte y salí corriendo a la cubierta», comenta. «El patrón seguía allí durmiendo -al parecer, por el efecto de algún estupefaciente, insinúa- y no se había enterado de nada».

El pesquero hacía aguas y amenazaba con irse a pique. Tres marineros se lanzaron desesperados al mar, y el patrón, por fin, despertó. «Le dije 'qué has hecho con el barco', y se tiró al agua», asegura Guillermo. El 'Rosalía' comenzó a tumbarse y los pescadores que aún seguían sobre él se iban arrinconando en la banda. «Nos tiramos todos al mar, porque si el barco se daba la vuelta, nos íbamos al fondo». Pero no se hundió. El pesquero hizo pie en las escolleras y se quedó al revés, con una pequeña luz aún encendida bajo el agua.

La mar estaba cerrada, negra. Eran las dos de la madrugada del 28 de noviembre de 1991. Los marineros vieron a lo lejos una rocas que rompían la quietud de la superficie, en Punta Carnero (Tarifa). No había viento. Guillermo empezó a nadar asustado hacia la rompiente. «El motorista -que tenía unos 60 años- estaba muy mal, lo tuve que sacar a flote porque se hundía. El agua estaba helada y no aguantó. Cuando me fui nadando hacia las rocas, me dijo: 'Guillermo, no corras, que me ahogo'». Al llegar a las piedras, el marinero vio cómo iban llegando, uno a uno, todos sus compañeros. Menos el motorista. «Él no estaba entre el grupo, no resistió el frío... Poco después encontraron su cuerpo, ahogado. Fue muy duro». Guillermo descargó su impotencia sobre el patrón: «Le dije que se había cargado a un hombre, a pique de hubiéramos sido todos. El barco cruzó solo el Estrecho, sin gobierno alguno», se lamenta. «No sé lo que ha sido de él».

Poco después, una linterna enfocó al grupo, aterido de frío. Era una lancha de la Guardia Civil, que venía en su rescate. Guillermo ha seguido embarcándose, pero ya no sale de la bahía. «Ahí perdí todas las ilusiones que tenía en la pesca. Desde que ocurrió aquello he manejado muchos barcos, pero siempre me acuerdo de lo que pasó. Ya no trabajo con mal tiempo». El mar le ha cambiado la vida, y él se lo devuelve en un reproche eterno. De hecho, Guillermo aún recuerda aquella lucecilla encendida bajos la aguas, el último destello del 'Rosalía'.

Diez años antes, cuando se embarcaba en el 'Francisco y Ana', se tuvo que enfrentar a la primera pérdida de un marinero. Ambos estaban en la borda, mirando la superficie. El pescador se dio media vuelta para ir a la cocina a por un café. Al girarse, el muchacho, de unos 23 años, ya no estaba en el barco. «Debió caerse al mar en un descuido, y no sabía nadar; aún lo estamos esperando». Otro pesquero lo encontró después sobre el agua, ahogado, frente a las costas gaditanas de Tarifa.

FERNANDO PALACIOS

Tripulante de 'La Cueva'

«No podíamos achicar el agua que entraba»



Fernando se echó a la mar a los 14 años. Ha pasado media vida sobre la borda de un barco, marcado por esa relación de amor y odio que sienten casi todos los pescadores hacia el gran azul. Ha sufrido malos tiempos, tempestades y épocas de sequía. Pero hubo algo que aún no ha conseguido olvidar...

Todo ocurrió sobre las dos de la madrugada del 20 de enero de 1983, a la altura de Larache (Marruecos). El Levante arreció después de medianoche y el mar se embraveció. Era imposible cruzar el Estrecho. El patrón de la embarcación le puso la proa al viento para capear el temporal lo mejor posible, pero el motor auxiliar dejó de funcionar de repente. Para colmo de males, la bomba de achique también se averió y dejó a los 10 tripulantes condenados a su suerte. «La proa y la sala de máquinas estaban inundadas y no paraba de entrar agua. Estábamos a 10 millas de la costa africana, así que tuvimos que poner rumbo a tierra, porque el barco se hundía», apostilla Fernando.

Los marineros se hicieron todos a la cubierta. «Nos pusimos a sacar agua con cubos, pero no se podía hacer nada», recuerda. 'La Cueva' comenzó a zozobrar. Pero ya habían ganado la costa. «Menos mal que nos dio tiempo a embestir contra las rocas», recuerda el pescador, «aunque el barco no duró en la superficie ni un minuto -venía cargado de agua- y se fue a pique en seguida».

El barco se escoró y se puso de pie. Fernando cayó rodando por la banda: «Era como una cuesta muy resbaladiza». Los hombres saltaron al agua para no irse al fondo, buscando una salida de urgencia al naufragio. De pronto, apareció un pequeño bote en medio del temporal. Unos pescadores marroquíes los recogieron de la mar, probablemente de una muerte segura. Apenas hablaron del naufragio después de aquel día.

Faltan otras tantas historias. Son las de Antonio, Manuel y Eduardo (tripulantes del 'Anita Mari García'), la del maquinista Antonio ('Rosalía'), y las de todos los pescadores que perdieron la vida en el mar. En la memoria de sus compañeros se amontonan los recuerdos de las jornadas al sol, de las jarcias ciegas de pescado, de las bromas alrededor de un café antes de soltar amarras. Pero ellos ya zarparon. Se los quedó la mar para siempre.

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