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03/10/2005

Cazadores de tesoros submarinos

Cazadores de tesoros submarinos

(El Mercurio) Decenas de empresas privadas rastrean y rescatan valiosos botines desde barcos naufragados, lo que constituye -a veces- un buen negocio. Cuidado, que hay piratas a la vista.
Fue el 20 de julio de 1985. Ese día, el estadounidense Mel Fisher recibió la noticia que había estado esperando a diario durante los últimos 16 años: "Deje las cartas. Tenemos la 'Veta Madre'", fue el aviso.

Eran las 13:05, y la unidad 11 de su empresa Treasure Salvors le estaba informando que por fin habían encontrado el casco del mítico barco Nuestra Señora de Atocha, hundido desde 1622 en las aguas del sur de Florida, en Estados Unidos.

Fisher sabía que no se trataba precisamente de un montón de madera enmohecida: en su interior había, exactamente, 7.175 barras de oro, 1.038 de plata, 583 barras de cobre, 230 mil monedas de plata y miles de esmeraldas y otras joyas... un botín que le reportó ganancias por más de 400 millones de dólares.

Desde ese entonces, Mel Fisher, fallecido en 1998, es considerado una verdadera leyenda entre los "cazadores de tesoros", empresas privadas que se especializan en realizar excursiones en busca de riquezas que descansan en el fondo marino.

¿Lucro o patrimonio?

El otro referente es el geógrafo Bob Marx, que con su empresa Marex Internacional ha pasado más de 45 años buscando tesoros en los miles de galeones españoles y portugueses que zozobraron en su ruta de Indias desde el siglo XVI, como "Nuestra Señora de las Maravillas", hundida en Bahamas en el año 1656.

El currículum de Marx bien podría ser el de Indiana Jones: se ha hecho millonario encontrando más de 3 mil barcos en 62 países, ha escrito varios libros para estos nuevos "piratas modernos" y ha extraído, según él mismo ha dicho, "más tesoros que nadie en el mundo".

Sin embargo, su vasta experiencia en hallar pecios históricos no le ha ayudado para recibir el reconocimiento de los arqueólogos submarinos, que critican a los "cazatesoros" por su búsqueda de lucro -recurriendo a métodos tan drásticos como la dinamita- en piezas donde ellos ven parte importante del patrimonio cultural.

"Hay un momento en que se tiene que elegir un camino. O usted va por el lado de la arqueología o va en busca de la caja de tesoros", señala el arqueólogo marino francés Arnaud Cazenave, del Société d'Etudes en Archéologie Subaquatique, quien a comienzos de los noventa trabajó buscando pecios en los mares chilenos. Sin embargo, años atrás se dio cuenta del daño que provocaba al extraer estos hallazgos, y hoy dice haber "dejado de lado totalmente" la caza de tesoros, y realiza estudios científicos en las islas Baleares y en Córcega.

Pequeña industria

Una opinión similar sobre los cazatesoros tiene Horacio Pardo, un explorador que encabeza el Proyecto Animas, que busca naves sumergidas en el Río de la Plata. "Me molesta ese título porque no es el espíritu del proyecto. Ser cazador de tesoros es ir a un barco, bajar, romper y sacar todo lo que puedes. Vendes, haces plata y te fuiste", señala.

"Vos rescatás el barco, vendés el oro, ¿con qué te quedás? Con dinero. El dinero se va. En cambio, hacés un museo y ese trabajo queda para siempre", dice Pardo, quien ha trabajado con el mismo Mel Fisher y que ahora lo hace con Barry Clifford, conocido por haber encontrado en 1984 el buque pirata Whydah y por tener un museo considerado entre los mejores de Estados Unidos.

Pero pese al carácter peyorativo que algunos les otorgan a los cazatesoros, la actividad ha generado una pequeña industria, especialmente en EE.UU., donde proliferan los clubes de aficionados y las tiendas con modernos accesorios: detectores de metales, cámaras subacuáticas, localizadores a distancia, etcétera.

Y es que la tentación del tesoro es fuerte. Sólo como ejemplo, existe el mito de que sólo con las fortunas de los barcos españoles hundidos en la Bahía de Cartagena de Indias, se podría pagar toda la deuda iberoamericana. Algo que podría sonar fantástico, pero no tanto si se considera que entre 1503 y 1600 llegaron de España unos 17 millones de kilos de plata y 181 mil de oro provenientes de América, y que sólo en las décadas de 1550 y 1560 unas mil embarcaciones sucumbieron en la ruta.

Así, frente a la creciente "oleada" de expediciones de cazatesoros -que se concentran sobre todo en países del Mar Caribe, las islas Azores y en Filipinas- se hizo urgente la protección de los lechos marinos. En 2001, la Unesco emitió la Convención sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático, la que impulsó la prohibición de las excavaciones comerciales, la compraventa y posesión ilegal de la riqueza subacuática. Sin embargo, esta Convención ha sido ratificada por pocos países.

"Lo que dice, básicamente, es que es incompatible hacer arqueología y buscar el lucro", explica Cazenave.

La solución, por el momento, son los acuerdos entre las compañías de cazatesoros y los estados, que en general se reparten el botín 50 y 50 por ciento. En muchos casos, dada la tecnología y las altas inversiones que se necesitan, establecer esa sociedad es el único medio para rescatar los tesoros.

"Mil monedas de oro en un museo son aburridas. Así que algunas van al museo y otras para la venta", indica Pardo.

Pero frente a esta nueva normativa de la Unesco, las compañías de cazatesoros ya encontraron un resquicio: incluir a arqueólogos en las expediciones, y aparecer así con un "aire de expedición arqueológica"... Por algo son piratas.

A remate

Las casas de remate, como Christie's, cada año venden en promedio US$ 20 millones en distintos objetos encontrados en naufragios, los que también se pueden comprar directamente en las tiendas o páginas web de los cazatesoros más exitosos. Incluso, si se tiene suerte, en el sitio web de Mel Fisher ( www.melfisher.com) se puede ganar un doblón de oro de los encontrados en el Atocha.

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